Fuente: Russell A. Barkley, El desorden de hiperactividad y déficit de atención, Investigación y Ciencia, noviembre, 1998
En 1995 Edwin H. Cook y sus colegas, de la Universidad de Chigado, llegaban a la conclusión de que en los niños con TDAH se daba una mayor proclividad hacia una peculiar variante del gen DATI del transportador de dopamina. Un año más tarde, el equipo de Gerald J. LaHoste, de la Universidad de California en Irvine, halló que una variante del gen D4 del receptor de dopamina se presentaba en esos niños con una frecuencia mucho mayor que en otros normales. Pero la muestra en ambos casos no superó la cincuentena de individuos, número que se pretende ampliar en los trabajos que hay en marcha para confirmar tales resultados.
¿De qué modo promueven las conductas características del desorden de Hiperactividad y atención deficiente las estructuras cerebrales y los defectos genéticos mencionados? Es muy posible que se acabe descubriendo que la raíz estriba en el deterioro de la inhibición conductual y del autocontrol, en mi opinión los déficits centrales en el TDAH.
El autocontrol --capacidad de inhibir o frenar las respuestas motoras (y quizá las emocionales) a un estímulo-- es una función de crucial importancia para la realización de cualquier tarea. La mayoría de los niños, conforme van creciendo, adquieren la capacidad de poner en práctica las funciones ejecutivas, actividades mentales que les ayudan a apartar las distracciones, fijarse unas metas y dar los pasos necesarios para alcanzarlas. Para conseguir algo en el trabajo o en el juego, las personas han de poder recordar lo que pretenden (percibirlo en retrospectiva), tener en cuenta lo que necesitan para lograrlo (empleando la previsión), refrenar sus emociones e incentivarse. Ninguna de estas funciones podrá ejercerla con éxito quien sea incapaz de inhibir los pensamientos y los impulsos que se interfieran a ellas.
En los primeros años de la vida, las funciones ejecutivas se exhiben al exterior: los niños hablan solos en alta voz mientras recuerdan cómo realizar una tarea o tratan de resolver un problema. A medida que van madurando, interiorizan o convierten en privadas esas funciones ejecutivas, lo que evita que sus pensamientos los conozcan los demás.
Diríase, en cambio, que a los niños con TDAH les falta el autodominio y el poder de restricción imprescindibles para cortar la manifestación pública de esas funciones ejecutivas.
Las funciones ejecutivas pueden agruparse en cuatro actividades mentales. Primera, la acción de la memoria operativa, esto es, tener en mente la información mientras se trabaja en una tarea, aunque ya no exista el estímulo que dio origen a esa información. Conviene ese tipo de recuerdo para comportarse con oportunidad y con miras a un fin determinado: posibilita la percepción retrospectiva, la previsión, la preparación y el ser capaces de imitar el comportamiento, complejo y nuevo, de las demás personas. Todo ello está menoscabado en quienes padecen el TDAH
La interiorización del habla constituye la segunda función ejecutiva. Antes de los seis años, la mayoría de los niños acostumbran hablar solos, recordándose como hacer una tarea o tratando de solucionar un problema: "¿Dónde habré puesto aquel libro? Ah, sí, lo dejé debajo del pupitre!" Pisada la escuela primaria, tal hablar privado se convierte en un susurro apenas perceptible, para desaparecer a los diez años de edad.
Una vez interiorizado, el autohablarse le permite a uno pensar para sí, seguir reglas e instrucciones, cuestionarse la resolución de un problema y construir "meta-reglas" o bases para entender las reglas del servirse de reglas, todo ello rápidamente, sin necesidad de recurrir a la ayuda de otras personas. El grupo dirigido por Laura E. Berk de la Universidad Estatal de Illinois, comprobó, en 1991, que la interiorización del autohablarse se retrasa en los muchachos con TDAH.
Una tercera función mental ejecutiva consiste en controlar las emociones, la motivación y el estar despierto. Este control ayuda a alcanzar metas, pues capacita para diferir o alterar las reacciones emocionales ante un suceso determinado que nos distrae, así como generar emociones y motivaciones. Quienes refrenan sus pasiones o reacciones inmediatas se desenvuelven mejor en sociedad.
La última función ejecutiva, la de reconstitución, consta de dos procesos distintos, que son la fragmentación de las conductas observadas y la combinación de sus partes en nuevas acciones no aprendidas de la experiencia. La capacidad de reconstruir nos proporciona un alto grado de soltura, flexibilidad y creatividad; permite a los individuos lanzarse hacia una meta sin tener que aprenderse de memoria los pasos intermedios necesarios. A los niños, a medida que éstos maduran, les permite dirigir tramos cada vez más largos de su comportamiento mediante la combinación de conductas concatenadas, de longitud creciente, para el logro de sus fines. De las investigaciones realizadas se desprende que los niños con TDAH muestran menos capacidad de tal reconstitución que sus compañeros.
Para mí, igual que el hablar a solas, las tres funciones ejecutivas restantes se van interiorizando en el curso del desarrollo nervioso de la infancia. Tal privatización es esencial para que se originen la imaginería visual y el pensamiento verbal. Los niños, al crecer, desarrollan la capacidad de encubrir sus actos, de enmascarar sus sentimientos ante la vista de los demás. Por culpa, quizá, de un desarrollo genético o embrionario deficiente, los niños con TDAH no adquieren esa capacidad y, en consecuencia, despliegan un comportamiento y un habla excesivamente públicos. La falta de concentración, la hiperactividad y la impulsividad de los niños con TDAH vendrían causadas, en mi opinión, por un quiebra -la de ser guiados por instrucciones internas- y por una incapacidad -la de enderezar su comportamiento indebido.
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