| Por la Prof. y Lic.: Gloria Marra Valle |
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Hace algún tiempo, en una población de la zona sur de México, y luego de haber dado una charla, un joven de 17 años se acercó a consultarme acerca de las ideas que tenía para su futuro. Pertenecía a una de las etnias regionales, su abuelo era cacique y poseía unas tierras. El le había enseñado que de la tierra sólo hay que tomar lo que uno necesita para vivir, por lo tanto, cultivaba en pequeña cantidad dado que con eso se alimentaban y porque no está bien pedirle a la tierra en exceso. Este joven había sido premiado en su colegio por un trabajo de economía en el que presentaba un plan nacional que se ocupaba de cubrir las necesidades de la población…Pero, qué pasaría si la producción excedía las necesidades y sobre todo, qué pasaría si él estudiara la carrera de economía y aspirara a una carrera política. ¿Podría integrar los nuevos conocimientos a las creencias de sus ancestros?
Hace menos tiempo, en una región de Chile, sobre la costa central del Pacífico, una joven pareja deshojaba sus incertidumbres en una conversación casual. Descendientes de familias rurales, arraigadas a los silencios, al pudor y a la modestia se preguntaban si podrían imaginar otra manera de vivir. Ambos querían ser tan buenas personas como sus padres, mantener los valores de lealtad, honestidad y apego con los que fueron criados y, a la vez, estudiar, emprender actividades competitivas y progresar cultural y socialmente.
Recientemente, un joven profesional hijo de padres emprendedores y exitosos se preguntaba si podría darle a su recién formada empresa un carácter participativo. El prefería que sus colaboradores fuesen asociados y no empleados pero temía fracasar porque estas ideas contradicen aspectos importantes de lo aprendido en la universidad y lo transmitido en la familia.
Las personas nacemos y nos desarrollamos en ambientes familiares y culturales diversos. En cada uno de nosotros se estructuran maneras de sentir, creer y hacer que tienen que ver con la biología que traemos, el contexto al que llegamos y en el que nos desarrollamos y con lo que cada uno va pudiendo hacer con eso en su vida.
Desde niños necesitamos darle sentido a lo que nos pasa, esos datos se organizan en forma de modos personales, los que se van incorporando a nuestra vida en forma de experiencias. El desarrollo personal implica movimientos en espiral de aspectos nuevos y viejos, conocidos y desconocidos. Sentimos miedo pero también coraje y deseos de aventura, a veces avanzamos y otras retrocedemos, queremos cambios y nos asustamos por ellos. Asimismo, la aprobación o el rechazo del ambiente a nuestros comportamientos forman parte de dichas experiencias. De este modo se originan sistemas de creencias ligados a fuertes emociones. Es decir, adquirimos el sentido de uno mismo, de los otros, del mundo, del futuro, de lo correcto o no, de lo leal o no..., junto a sentimientos profundos que influyen en nuestro comportamiento. A su vez las consecuencias del mismo actúan sobre lo que creemos y sentimos modificando o reforzando las condiciones previas.
Ya en la adolescencia, tanto el desarrollo físico y emocional como las incursiones en el medio ambiente y de éste en lo individual provocan conmociones internas.
En algún momento, o mejor dicho en más de un momento de la vida, lo nuevo y lo viejo entran en conflicto.
Cuanto menos, es interesante saber que la mejor resolución para estos dilemas es la que cada uno pueda/decida/sienta hacer. El pasado y el futuro están en el presente. Lo aprendido y lo aspirado están presentes en los pasos actuales. Siempre se acarrean incertidumbres, temores y riesgos junto con esperanzas, entusiasmo y aventuras, queda en cada uno la elección del propio camino, ya sea más apegado a lo viejo o más aventurado hacia lo nuevo.
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