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Fecha: 01-12-06  

>> Los docentes y el bullying

Por Mariana Nelly *

 

Voy a hablar de la particularidad de la relación entre el fenómeno del bullying y la intervención de los docentes.

Si bien el bullying encuentra como escenario privilegiado el colegio y generalmente las aulas, el patio de juegos, los baños, el comedor, etc; a los docentes nos resulta difícil detectarlo aun teniéndolo delante de nosotros. Ahí radica la importancia de la difusión de la existencia de esta forma de violencia entre la mayor cantidad de docentes posible.

 

¿Por qué es difícil la detección del bullying?

En principio, por una de las características del mismo, que es el silencio del chico castigado. Cuando un niño es agredido por uno o más compañeros en cualquiera de sus manifestaciones y en forma sostenida, el pequeño vive en un tenso compás de espera de la próxima agresión, vive en continuo temor y es el que lo lleva a callar por miedo a futuras represalias o agresiones más fuertes aun. El silencio puede sostenerse por mucho tiempo, a veces meses o años. Algunas personas manifiestan de adultos haber sido hostigadas de niños sin haberlo expresado nunca con anterioridad.

La otra barrera es la existencia de pactos implícitos entre los integrantes del grupo: leyes internas no enunciadas, pero compartidas, que impiden que los testigos denuncien el caso.

Paralelamente a esto existe el miedo latente en los testigos en convertirse en agredidos. No utilizo aquí la palabra “víctima” cuando me refiero a los agredidos, ya que entendemos que las víctimas del bullying son todos los niños que viven la situación con mayor o menor grado de protagonismo.

A muchas personas ajenas a la vida escolar les resulta difícil entender esta situación, pero a partir de conocer las características del bullying, resulta más sencillo ver cómo se le dificulta al docente no entrenado detectar la situación.

Lo frecuente en la vida escolar es estar alerta a escenas de violencia, especialmente la física. En estas situaciones generalmente se toman medidas por esa acción en particular y no se acostumbra indagar sobre los motivos o la historia que pudo haber desencadenado la situación de violencia. Muchas veces el niño agresor es un niño que había sido agredido en varias oportunidades, que reaccionó con violencia y no contó con la complicidad de sus compañeros. Este tipo de situación, bastante frecuente y fácilmente detectable por su magnitud, generalmente termina con un castigo hacia el niño por parte de las autoridades educativas y una posterior burla por parte de sus pares. De este modo el bullying se refuerza y realimenta.

 

¿Qué se puede hacer?

En primer lugar, conocer el tema, informarse y entender que esas situaciones pueden darse en cualquier institución escolar.

Estar atento a cualquier manifestación violenta que aparezca en la escuela.

Una vez ocurrida, se deben tomar dos tipos de medidas: las inmediatas, como detener la acción, ofrecer seguridad a los niños y sancionar las acciones violentas. Las segundas, una vez encontrada la calma, comenzar a indagar sobre las causas de la acción, dialogar con los alumnos, ver sus reacciones grupales e individuales. Esta tarea debe realizarla el docente con el apoyo de los directivos y asesoramiento de profesionales especializados. Se debe citar a los padres de los alumnos y relatar la situación en forma clara y completa, enunciando las posibles consecuencias que estas conductas pueden tener en las vidas de los chicos si no se modifican. Deben instarlos a comprometerse con la escuela a realizar un trabajo conjunto para colaborar con la tarea iniciada en la institución. Al mismo tiempo, los docentes de todas las áreas pueden poner en práctica diferentes tipos de actividades que tiendan a romper con los roles establecidos en el grupo y con el sistema de leyes implícitas que manejan.

 

Este tipo de tarea y las acciones consecutivas cumplirían una doble función.

Por un lado, intervenir en cada situación para buscarle una forma de resolución lo más satisfactoria posible y por el otro, que es muy importante y que actuaría como efecto residual, generar en la población escolar la sensación de que existe una atención puesta en ese tipo de comportamientos y de que los adultos están en conocimiento de las diferentes formas en que la violencia puede manifestarse en la escuela. De este modo, los niños pueden volver a percibir a la escuela como un lugar seguro, donde cuentan con el cuidado de los adultos a cargo y donde cada vez haya menos oportunidades de participar en acciones violentas.

 

 

*Es profesora de enseñanza primaria e integrante del Equipo Bullying Cero Argentina