Los adultos en general, y los padres y docentes en particular, solemos pensar que si damos explicaciones, ponemos límites o establecemos consecuencias para las acciones inadecuadas de los niños y adolescentes, estos automáticamente deben entender y/o acatar por la simple razón de haberlo expresado o puesto en práctica.
En la edad adulta también tenemos reacciones impulsivas, repetimos comportamientos que nos traen problemas y nos cuesta adaptarnos a cambios, sobre todo si no son buscados. La frustración nos lleva al enojo y de allí a manifestaciones explosivas o exageradas. Si el adulto se mira a sí mismo, probablemente encuentre que más de una vez hubiese reaccionado de manera menos impulsiva…si hubiese podido.
Si el niño pudiese ser menos explosivo, obedecer con facilidad y evitarse conflictos con los adultos y otros niños, lo haría; pues no tendría que soportar reprimendas y cuestionamientos. Luego, que un niño de carácter difícil pueda escuchar y aprender de las consecuencias de sus comportamientos depende, en buena medida, de la sensibilidad y sensatez de los adultos cercanos para aplicar medidas o explicarlas en los momentos en los que el niño o adolescente esté calmado y receptivo.
La empatía tiene que ver con:
desarrollar la suficiente sensibilidad para detectar lo que al niño le resulta más problemático;
anticipar las situaciones que le sean difíciles de manejar y
generar un ambiente más favorable para su evolución.
La sensatez tiene que ver con:
desarrollar la capacidad para actuar con la flexibilidad que al niño le falta,
poder hablar sin enfadarse,
considerar alternativas,
elegir los momentos y crear soluciones prácticas que se puedan aplicar una siguiente vez.
La empatía y la sensatez de los padres se relacionan con la honesta disposición de ponerse en el lugar del niño o adolescente, y darse cuenta de que se siente mal y está bloqueado para resolver situaciones. La comprensión emocional y los instrumentos proporcionados por los adultos, ayudarán al niño a resolver problemas ante una próxima situación similar. Esto brindará la sensación de autonomía y seguridad que el niño necesita.
Cuando sólo se supone alguna forma de intencionalidad conciente o inconciente, cuando se buscan los porqué, los para qué o los cómo, o se aplican sanciones aún cuando estén muy justificadas y se pierde la empatía emocional, se deja al hijo abandonado a su dolor, privado de comprensión, aislado, confundido y desorientado. Consecuentemente, si se lo quiere ayudar se debe buscar el momento en el que el niño esté calmado y que lo que se diga o aplique tenga sentido para él.
Entonces, los prerrequisitos para aplicar técnicas conductuales o explicativas son el estado receptivo del niño y el estado sensato de los padres para crear las condiciones favorables a la evolución que se está buscando.
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